martes, 26 de abril de 2016

¿Quieres que te obedezca?

Acerca de los límites: ¿educación o adoctrinamiento?

Psico
Despilfarrar autoridad en órdenes poco relevantes impedirá utilizarla para prevenir riesgos reales.


En los tiempos que corren es habitual escuchar decir que a los niños les faltan límites. Sentencia pronunciada a la ligera por pediatras, maestros, psicólogos, abuelos, padres, etc. Pero es mucho menos frecuente encontrar adultos que se interroguen acerca del modo en que se comunican los límites a los niños.
En primer lugar, ¿qué es un límite? ¿Es una orden? ¿Una regla? ¿Lo que el adulto “quiere” que haga el niño? ¿Cuántas veces por día se les dice "NO” a los niños? “No hagas esto”, “no hagas lo otro”, ”hacelo así” (que también es una forma decir que no, es como decir: “no lo hagas como pensabas hacerlo, hacelo como lo haría yo”).
La autoridad se gasta si se la usa todo el tiempo; es como el dinero, hay que ahorrarla y utilizarla cuando realmente vale la pena invertir en ello. Y muchas veces se suele despilfarrar autoridad en órdenes poco relevantes: “sentate derecho”, “no comas con la boca abierta”, “no ensucies”, etc. Si se recurre a la autoridad frente a aspectos superfluos de la crianza, no se dispondrá de ella ante situaciones críticas en las que realmente se la necesita, por ejemplo frente a situaciones de riesgo o de peligro.
Lo cierto es que los chicos no pueden hacer caso en TODO lo que se les pide que hagan, simplemente porque son niños y se comportan como tales. Eso es lo que muchas veces se olvida, que son chicos, que están ensayando, aprendiendo, no pueden comportarse como adultos en miniatura.
Los límites no son algo que el adulto pueda imponer por la fuerza (como poder puede, porque es más grande y más fuerte, pero no resulta efectivo a los fines de que el niño pueda verdaderamente aprender y apropiarse de esa experiencia), ni tampoco un chico puede adquirirlos por sí solo. Son algo a construir en el encuentro del niño con la persona encargada de transmitir los comportamientos socialmente aceptados en esa cultura. Y para ello se necesita de tiempo real compartido, tiempo de juego y de diálogo. Requiere de la presencia paciente de otro humano dispuesto a acompañar y sostener al niño en el aprendizaje.
Ahora bien, decir que es el adulto quien “pone los límites” no sería del todo apropiado, ya que conlleva implícita una concepción pasiva del niño, en la cual el adulto da y el pequeño recibe; frente a lo cual la única opción de respuesta posible del pequeño es acatar o rebelarse.
Si en lugar de pasivizar al niño se lo integra en el proceso como un sujeto activo en la construcción del límite, veremos que se trata de eso, de algo a construir. Si el adulto se impone por la fuerza sacando provecho de su tamaño e intentando dominar al niño mediante retos y castigos, tal vez consiga cierta obediencia pero a costa de infundir miedo y sometimiento. El niño "hace caso" (si es que lo hace) no porque haya aprendido verdaderamente sino por temor a recibir represalias.
Los límites no pueden imponerse ni tampoco un chico puede adquirirlos por sí solo. La construcción de los límites consiste en un proceso interno, trabajoso y duradero, pero que paradójicamente se produce en un "entre", en el encuentro intersubjetivo con los adultos de referencia. Hablar de los limites no es solamente decir que NO, es matizar, ofrecer condiciones de posibilidad, es construir un entramado espacio-temporal.
Uno de los mayores desafíos actualmente para la construcción de los límites es el tiempo que deben pasar muchas mamás y papás fuera de su casa. Para favorecer este proceso se necesita tiempo compartido, juegos (no hay aprendizaje verdadero en la infancia que no pase necesariamente por el jugar) y por sobre todo mucha paciencia.
¿Educar o adiestrar?
Educar mediante castigos y premios no necesariamente es poner límites: está más cerca de lo que conocemos como adiestrar, o de lo que en psicología se llama condicionamiento. Como sociedad debemos preguntarnos si verdaderamente queremos niños adiestrados a través de un sistema de castigos y recompensas, o queremos criar niños libres, que puedan pensar y sentir libremente, parecidos o distintos a nosotros, pero libres. Que puedan convivir en sociedad, que sean respetuosos de sus semejantes y que sean felices. Estoy convencida de que esa libertad y respeto por el semejante no se alcanza adoctrinando, no se le puede enseñar a ser feliz a un niño a través de una penitencia, tratándolo como nunca trataríamos a otro adulto,gritando, poniéndolo en ridículo o denigrándolo. El fin no justifica los medios.
* Lic. Ivana Raschkovan. Psicóloga clínica. Docente de la Facultad de Psicología (Universidad de Buenos Aires), Cátedra Clínica de Niños y adolescentes; facebook.com/CrianzaInfantil.

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